El síndrome del cristiano impostor

En estos últimos años se ha vuelto muy común hablar sobre el síndrome del impostor, ese que nos hace sentir que cualquier logro que alcanzamos no es el resultado de nuestro trabajo o de nuestro talento, sino más bien fruto de la suerte. Los psicólogos afirman que este transtorno termina afectando la confianza en lo que somos capaces de hacer y por supuesto nos genera estrés y ansiedad. Para combatirlo, profesionales como Isabel Rojas, sugiere entre otras acciones: disfrutar del proceso, lo que implica indagar con otros sobre el tema que cada quien maneja; evitar ser tan perfeccionista, arriesgarse a equivocarse, valorar los éxitos que se tienen y no compararse todo el tiempo con los demás, sino continuar con firmeza y disciplina por el camino que como persona uno se ha trazado.

Referencia para los otros sin que creas que estás en lo correcto. Síndrome cristiano impostor

Hoy quise traer este concepto hacia el plano espiritual, porque a veces he experimentado una sensación similar en este ámbito. Ser un buen cristiano no es sencillo, porque el mandato del amor que Jesús nos dejó es bastante retador. Entonces en ocasiones suelo pensar, yo no soy suficientemente buena, me equivoco, me enojo, critico, no tengo paciencia o he cuestionado a Dios en momentos difíciles, etc.

En conclusión: soy una impostora, porque pretendo ser alguien que no logro ser. Está claro además, que esta incoherencia en quienes nos llamamos cristianos es causa para que otros nos juzguen y consideren que no vale la pena pertenecer a una Iglesia que dice mucho, pero que a la hora de la verdad, no lo pone en práctica.

El asunto está en que quienes somos cristianos gracias al bautismo, se configuran dos realidades ambivalentes: somos seres humanos con tendencia al pecado, pero que tenemos como fin último la santidad. De ahí que se convierta en todo un desafío, que si bien, difícil, no es imposible. Todos los días nos equivocamos precisamente, porque somos humanos e imperfectos, pero justamente el sentir esa sensación de incomodidad es la que no nos deja conformarnos y nos exige ser cada día mejores.

Lo que no puede pasar es que dejemos de lado lo bueno que hacemos y no reconozcamos que nuestro camino hacia el encuentro con Dios tiene sus altas y bajas. O que por estar concentrados en lo que no sale bien nos demos por vencidos y no le apostemos a la santidad.

Aquí traigo a escena a Pablo y a Pedro, pienso en ellos como dos consejeros que también podrían ayudarnos a vencer esa sensación de impostor. Pedro tenía su carácter fuerte e impulsivo, desatinado en sus comentarios, miedoso al punto de negar al Señor en el momento cumbre y aún así, Jesús lo escoge como cabeza de la Iglesia y se convierte en roca firme sin la cual no seríamos lo que somos hoy en día. Pablo, por su parte, en otro tiempo perseguidor de los cristianos, pasa luego de su encuentro con Jesús, a ser un apóstol incansable que logró expandir el cristianismo en muchos lugares y que nos dejó enseñanzas valiosas y profundas sobre lo que esto significa.

Dos hombres que lograron transformar sus vidas, porque dejaron actuar la gracia de Dios y porque lucharon día a día por permanecer firmes y fieles, a pesar de sus debilidades. Ninguno de los dos renunció a la posibilidad de ser cristiano por sus defectos, sus impaciencias o su pasado. Antes bien, les sirvió de motivación para renunciar al hombre viejo y darle cabida a esa vida nueva en el Espíritu.

Sepamos entonces reconocer lo bueno que hemos hecho, los esfuerzos que realizamos y ver con esperanza, alegría y fe el camino que nos falta recorrer, porque tomados de la mano de la Santísima Trinidad llegaremos algún día a ese encuentro glorioso con quien nos ofrece la verdadera perfección.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *